
En este santuario de elegancia, donde las sillas son como susurros de terciopelo y la mesa se alza como un pedestal de mármol, uno se pregunta: ¿es el lujo un refugio o solo una prisión decorativa de insatisfacción?
En este santuario de elegancia, donde las sillas son como susurros de terciopelo y la mesa se alza como un pedestal de mármol, uno se pregunta: ¿es el lujo un refugio o solo una prisión decorativa de insatisfacción?